domingo, 26 de julio de 2020

El suegro lo envicia... 7



-¿Por qué no vienes aquí y le enseñas a tu papi tu culo dilatado y lleno de leche, hijito? Muéstrale a tu papi todo lo que has gozado con los amigos que trajo para que celebraras tu cumpleaños. Por cierto, bebé… no me has dado las gracias por este regalo. Ven, enséñale y dile a tu papi lo feliz que eres siendo una putita caliente… Dile a tu papi que quieres ser una putita para siempre.


Bobby, jadeando, le observa sintiendo violentos espasmos en su culo ante la mirada viciosa de su suegro. Riendo leve, Raúl le medio aparta y sale de la silla. El muchacho cae de panza sobre el mueble, todavía pensándolo. Aunque sabe que ya tiene su decisión tomada. ¡Quiere más güevo! Justo cuando está a punto de responder, la mirada fija en la gruesa y larga verga del hombre, se oye una voz que llega desde el interior de la vivienda, rumbo a la piscina.


-¡Buenas! La puerta estaba abierta. ¿Hay alguien aquí?


El joven culturista palidece. ¡Alice!, piensa por un momento, imaginando la escena que formará su mujer al sorprenderle así. Vuelve la mirada hacia la salida de la casa, pero a quien encuentra es a un hombre treintón bastante alto. Le conoce, es Leo Walker, una montaña de músculos negros a quien conoce de las competencias de culturismo. Era el sujeto que una tarde le aceitó más de la cuenta.


-Hola, Leo. –sonríe Ben, divertido.


Leo Walker era la última persona que Bobby esperaba que llegara en esos momentos. Está bien, Ben, después de que le confesara lo que aquella sobada, le había dicho que le gustaría conocerle, pero el verle aquí, ahora, cuando estaba desnudo y enrojecido, echado de panza sobre el mueble de jardín, con sus piernas a los lados del mismo y las nalgas redondas muy abiertas mostrando su culo muy abierto y enrojecido por el uso.


Era vergonzoso, mucho, porque Bobby siempre le ha admirado como culturista profesional, un hombre exitoso a quien esperaba imitar algún día. Era una mole maciza de músculos negros relucientes que había adornado varias portadas deportivas, viéndose profesional, de aspecto severo pero elegante. De alguna manera había fantaseado con ser su amigo y que este fuera guiándole en esa disciplina. Pero no era así como el muchacho esperaba que le descubriera.


Se tiende sobre el mueble y toma una toalla que extiende sobre sus nalgas, ocultándolas, en la esperanza de haberlo hecho con la suficiente rapidez como para que Leo Walkin no hubiera visto nada. Algo así como su dilatado y goteante culo.


Sin embargo es poco lo que puede hacer. Leo, con toda seguridad, lo primero que nota es a los cuatro musculosos sujetos desnudos y de güevos largos que le rodean, sobretodo a su suegro, quien sentado cómodamente, dejaba ver su larga y gruesa verga reposando en su regazo.


-Joder… -Leo ríe mirando a Ben.- Parece que la fiesta a la que me invitaste ya lleva tiempo desarrollándose, ¿eh? –Ben responde con una risotada.


-Llegas tarde, Walker, pero la fiesta no ha terminado todavía. Leo, te presento a Tony, mi hijo. Estos son Raúl y Eduardo, trabajan para mí en la constructora. Y este es mi yerno, Bobby, lo conoces, ¿no?


La mirada del hombre negro cae sobre el rubio muchacho, el joven y fornido culturista echado de panza sobre la silla, las redondas nalgas cubiertas con una toalla. Las mejillas rojas como ladrillos.


-Claro que conozco y recuerdo a Bobby. ¿Cómo podría olvidarle? Siempre sospeché que dentro de esas nalgas maravillosas debía ocultar un culo de fábula. Y veo que lo es, y lo usas. ¿Cómo estás, muchacho?


-Bien, señor. -responde rápidamente, tragando en seco.


-Oh, no seas modesto, cuñado. Estás, con todo esto, mucho mejor que bien. –interviene, riendo como una hiena, Tony, llegando junto al joven y arrebatándole la tolla con la que ocultaba sus nalgas.- Mira esto, hombre grande. –los ojos de Leo caen sobre esos glúteos redondos y firmes, enrojecidos, abiertos por sus muslos a ambos lados del mueble. La mirada caliente del hombre recorre la raja interglútea, lampiña, hasta el dilatado e hinchado culo afeitado y rojos, de donde manaba un pequeño río espeso de semen.


-Maldita sea, Bobby. Veo que estás recibiendo y disfrutando mucho tus regalos de cumpleaños, ¿eh? –comenta antes de bajar su mano enorme a su entrepierna y apretarse la escandalosa silueta que abulta, una enorme serpiente de carne que casi escapa por el borde inferior de los pantaloncillos cortos que usa.


-Así es. –contesta por él, Ben.- Mi yerno está recibiendo con mucho gusto algunos de sus presentes. A su culo caliente y ávido le agradan las atenciones. Nunca había conocido a un chico a quien le gustaran tantos las vergas.


-Si, eso es lo que me gusta escuchar de los muchachos lindos y culones como tu yerno. Que les encantan las vergas enormes de los hombres. –gruñe Leo mientras acerca una silla y se deja caer cerca del rubio culturista. Una de sus manos grandes recorre suavemente esas nalgas, disfrutando lo duro y caliente de la tersa y joven piel, antes de que sus dedos froten la entrada del hinchado culo, untándose del semen de los otros, forzando y metiendo una falange por los labios de ese coño de hombre.- Siempre me ha gustado este culito. Cuando te cambiabas para las exhibiciones me quedaba cerca para disfrutarlo, soñando con el momento de meterle mano. Aunque ahora se ve mucho mejor, con los labios hinchados y todo mojado. Dime, muchacho, ¿tienes un dulce y musculoso culo busca vergas?


-Yo… Yo… -el rubio gime, cachetes rojos, sintiendo el suave cosquilleo de los dedos en su entrada, cosa que le estaba trastornando. Tanto que comienza a menear sus caderas, buscándole con su culo.


-Dime, pequeño, ¿tu culo todavía está hambriento? –le pregunta Leo, metiendo la falange completa haciéndole gemir.


-Oh, Dios, se siente tan bien. –es lo único que puede exclamar el chico.


-Claro, porque eres un marica deseoso de hombres, muchacho. –intercede Ben.


-Si, quieres vergas enormes, duras, calientes, nervudas y babeantes. Es lo que te gusta, Bobby. Dime, ¿cuántos de estos güevos enormes han entrado hoy en tu culito afeitado y rosado?


-Respóndele al señor, Bobby. –ordena, paternal, Ben.


-Tres, señor… hasta ahora.


-Claro que algunas cogidas han sido memorables, ¿no, Bobby? –agrega Eduardo riendo, mirando a Leo.- Dos de nuestras vergas perforaron a un tiempo ese culito rico.


Eso le gana un silbido de admiración del hombre de color, mientras hala un poco la entrada del muchacho con sus dedos. Abriéndole otro poco el chorreante agujero.


-Hermoso. Eres un chico de talento. Dime, ¿ya has cobijado la enorme verga de tu suegro? El papá de tu mujer la tiene grande, ¿eh? Seguro que esa es la que más te gusta, la del papá de Alice.


-Todavía no le he cogido. -informa Ben.- Estaba a punto de atenderle un poco cuando llegaste.


-Perfecto. –sonríe leo.- Llegué a tiempo para presenciar tu show de culo habilidoso. Denme una cerveza y monten ya su espectáculo para mí. –palmea todavía las turgente nalgas del muchacho, moviendo la silla de frente a la de Ben, recibiendo una cerveza en seguida.


A nivel de los ojos de Bobby queda ese torso ancho, recio y musculoso. El muchacho no podía dejar de admirar al hombre bien constituido con sus rutinas de ejercicios.


-Vamos, Bobby. –le llama Ben.- Vamos a mostrarle a Leo el talento natural que tienes para mover ese culo. –agarra la base de su verga, apretándola un poco, hinchando más la amoratada cabeza, mientras la agita como una varita mágica.


Lentamente Bobby se pone de pie, enrojecido. Inquieto. ¿Qué estaba haciendo? Él no era gay (¡ja!), y allí estaban esos hombres utilizándole. Usando su culo. Ahora su suegro, el padre de Alice, su mujer, estaba llamándole para encularle allí delante de todos. Eran tan…


Pero la sonrisa de Ben, agitando más esa verga, le hace dudar. Casi no parece saber lo que hace cuando va hacia él. El hombre le indica que de la vuelta, y lo hace. Bobby, dándole la espalda a su suegro, mirando de frente a un sonriente Leo de ojos lujuriosos, tomando cerveza y sobándose la abultada silueta de su verga bajo el pantaloncillo. Pasa una pierna sobre la silla.


-Un momento, bebé. –oye la voz de Ben a sus espaldas, mientras le apoya su mano callosa, caliente y enorme en la parte alta de la espalda, empujándole hacia delante y logrando que sus nalgas se alcen y realcen contra él.- Hazlo así, que tus machos disfruten de la maravillosa visión de tu culo ávido. –fue bajándole lentamente atrapándole ahora por las caderas.- Ahora vamos a mostrarle a Leo todo lo que puedes hacer. Seguro que ya quiere metértela también. Te gustaría, ¿verdad? Te excita la idea de ser tomado y usado así, por los hombres. Sé que en el fondo deseas ser la putita de todos los hombres… y lo serás, Bobby. Lo siento por mi Alice, pero tú naciste para esto, para puta.


Y sonaba a sentencia.


CONTINUARÁ... 8                        


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