¿Deseaba una vida de ser sometido por machos altos, musculosos y velludos que le trataran como a una puta caliente? No lo sabe…
Pero, claro, se engañaba. Deseaba ir.
A las ocho de la noche llegó a la dirección que el suegro le había enviado por mensajería de texto y el sitio le pareció genial. El gimnasio de Leo estaba bien ubicado en un buen centro comercial, todo iluminado, con sujetos enormes y musculosos entrando y saliendo, cosa que siempre era un buen signo para un gimnasio. Los tíos bien desarrollados llamaban a otros que deseaban verse así.
Cuando el joven y rubio culturista entra se topa con su sonriente suegro, quien llega hasta él, alzando una bolsa de gimnasio con todos los aparejos de vestuario. Juntos van a la recepción y para el muchacho no es ningún problema reconocer a Kent, el jugador de futbol de quien Leo les había hablado, detrás del mesón de la recepción.
El chico era realmente alto y musculoso, lo que le convertía en una gran entrada propagandística para el local. Kent, también llamado “niño bonito” dentro de la cancha, bien podía pasar por un actor de cine de acción. Aparte de unos hombros impresionantes y brazos con rocas como músculos, tenía la mandíbula cuadrada que todo el mundo esperaría de un deportista famoso.
-Hola, me llamo Ben y este es mi yerno Bobby. Leo nos espera.
-Claro, amigos. –Kent sonríe y tiende su mano.- Leo mencionó que vendrían. Me dijo muchas cosas buenas de ti, Bobby. –y el rubio culturista, respondiendo al apretón de mano con un estremecimiento, se pregunta qué significarían esas palabras.- Leo está en su oficina, pero ya baja. ¿Por qué no pasan a los vestuarios, están en la parte de atrás, se cambian y luego van por él?
-Seguro. –concede Ben e invita a su yerno a emprender la marcha.
La pareja recorre las instalaciones y todo se ve bien. Había un buen número de chicos altos, musculosos, jadeando en sus ejercicios. Y a Bobby le confunde, porque no puede dejar de mirarles, de recorrer esos bíceps y muslos tensándose y marcándose. Una vez en los vestuarios, Ben deja la bolsa sobre un banco, abre la cremallera y saca dos juegos de ropas de gimnasio. Tendiéndole las suyas a Bobby, sonríe socarrón. Este las toma.
Y se congela.
-¿Qué coño…? –comienza.
En sus manos tiene la más descotada camiseta sin mangas que posee, de grandes aberturas que cubrirían muy poco de su espalda y torso, algo que dejaría bien al descubierto sus pectorales y pezones. El suspensorio es pequeño, como si fuera una o dos tallas menos. Y el shorts es algo mínimo, de material elástico y sedoso en color púrpura. Algo que, en su escuela, habrían llamado shorts de putas.
-Lo siento, hijito, busqué entre tus cosas pero no pude encontrar nada más, así que tomé a la carrera lo que encontré a mano. No te angusties, nadie se fijará mucho.
-Pero suegro, no puedo usar esto. –gime, alzando el pequeño shorts.
-Yerno, déjate de delicadezas que Leo nos está esperando. Tienes un cuerpo increíble, nadie se molestará por verte con eso. Al contrario, estoy seguro que muchos te mirarán… ya sabes, con maldad. Sólo sé… natural. Nos vemos luego. –acota una vez cambiado, alejándose.
Gruñendo, el joven busca todavía en la bolsa, sabiendo que no encontrará nada más. Bien, no tenía más opciones, ¿verdad? Lentamente se cambia, el pequeño suspensorio incomoda, pero debe reconocer, al mirarse frente a un gran espejo, que se ve del carajo sobre su cuerpo soberbio. Sube el pequeño shorts, que se adhiere como una segunda piel. Da media vuelta, estudiándose. La tela se tensaba al máximo sobre su trasero firme, y forzando la mirada, el rubio culturista cree detectar un pequeño descocido, algo mínimo, entre las nalgas musculosas. Un temor le acosa: si se inclinaba o agachaba, la raja de su culo quedaría a la vista de cualquiera. Igual que su culo mismo. Idea que… le daba un leve calor de incertidumbre y travesura.
Con movimientos bruscos se coloca la larga aunque descotada camiseta, cubriéndose lo más posible las nalgas redondas. Frunce el ceño al mirarse, sus pectorales destacan, sus tetillas se ven desafiantes… y pareciera que debajo de ella no usara nada más. Bien, no podía hacer otra cosa. Tomando aire sale de los vestuarios decidido a encontrar a Leo.
Recorriendo las instalaciones, Bobby enrojece un poco. No sabe si son ideas suyas, pero le parece que esos hombres grandes y musculosos, viriles y transpirados, le miraban, como dijo su suegro, con maldad. O tal vez eran cosas suyas al ver a tantos machos. Tiene que luchar contra la fantasía que desea arrastrarle en esos momentos, él desnudo, únicamente con el pequeño suspensorio, en cuatro patas, boca jadeante, nalgas muy separadas, culo abierto y titilante, rodeado de esos hombres con sus vergas afuera. Contrólate, se exige.
Finalmente encuentra a Leo al final del salón. Mientras llega a su lado, el joven no puede dejar de impresionarse por lo fornido que luce dentro de su camiseta y el pantaloncillo de lycras.
El muchacho enrojece más cuando el hombre negro lo recorre con una mirada ardiente y lujuriosa.
-Maldita sea, Bobby… ¿qué llevas puesto bajo esa camiseta? Ojalá sea una tanga roja de encajes… -y ríe ronco de su propia broma.
-Es un shorts viejo que mi suegro trajo. Aparentemente no encontró nada más. Y es una vaina algo pequeña. –se defiende. Leo ríe entre dientes nuevamente.
-No te preocupes por ello, muchacho. Pensé en ponerte hacer algunas sentadillas para tonificar aún más ese bello trasero que tienes, aprovechando que no hay nadie trabajando aquí ahora. Ven, ponte el cinturón con pesas. -el hombre pone en manos de Bobby el grueso cinturón de cuero.- Levántate la camiseta. Tengo que supervisar que te quede bien colocado.
-Pero… Pero…
Antes de que Bobby pueda decir algo más, Leo levanta los faldones de su camiseta, exponiendo ante su mirada las turgente nalgas.
-¡A la mierda! –susurra.- Mira esto. –el rubio culturista siente la mirada clavada en sus nalgas, casi quemándole.- Realmente te gusta enseñar el culo, ¿verdad, muchacho travieso? Mira esto… -medio ríe, presionando la punta de uno de sus dedos y con un jadeo Bobby siente que atraviesa la tela, tocándole las nalgas, casi a la altura de su culo.- Es tan práctico cuando lo tienes tan deseoso de atenciones…
-¡No! No fue idea mía. –rápidamente trata de explicar.- Es cosa de mi suegro. Ya me parecía que estaba algo descocido, pero mi suegro… -la suave risa de Leo le interrumpe.
-Oh, si, lo entiendo. Ben es un mañoso. Creo que te trajo justamente lo que necesitas, una prenda putona que se abre justamente a la altura de tu afeitado y rojo coño hambriento de vergas. Se nota que tu suegro te conoce muy bien, Bobby. Bueno, ahora vamos a hacer algunas sentadillas. Usaremos la barra sin pesas para que te sirva de calentamiento.
Bobby se acerca a la jaula de sentadillas mientras Leo toma asiento en un banco detrás del muchacho. Luego de colocarse la barra sobre los hombros, Bobby comienza a flexionar las piernas musculosas, esperando que la abertura en el shorts no continúe agrandándose.
Cuando lleva dos sentadillas, Kent se acerca y le pregunta a Leo algo sobre unas máquinas todavía embaladas. Y justo cuando Bobby realiza su tercera sentadilla, la suave tela del shorts se rasga de una manera sonora, y lo que era un ligero descocido por donde apenas entraba un dedo, era ahora una visible abertura que iba de la liga en la cintura hasta bien abajo entre sus piernas, dejando al descubierto las nalgas firmes y turgentes, así como su culo redondo, rojo y afeitado…
-Joder, ¡mira eso! –silba Kent.
Totalmente avergonzado de haber sido pillado con el culo al aire por un enorme y reconocido jugador de futbol americano, Bobby se pone rápidamente de pie, dando media vuelta, pero Kent, gratamente sorprendido, continuaba mirándole a través del espejo a sus espaldas.
-Yo… Yo…
-Amigo, ese culo se ve impresionante.
-Y es bastante caliente, sedoso y apretado. Un culo de lujo. –medio ríe Leo, mirando a Kent, avergonzando aún más a Bobby.- Te apuesto a que ninguna de esas putillas que persigues después de tus juegos, tiene un coño tan ardiente y hambriento como ese. –y Kent, silbando bajo, continúa mirando esas nalgas a través del espejo.- Okay, amigo, vuelve a la recepción, no te conviene emocionarte tanto con ese traje.
Aunque totalmente avergonzado, Bobby no puede evitar lanzar una mirada a la entrepiernas de Kent, encontrándose con una gruesa y larga herramienta que va creciendo y engordando, llenándose de ganas. Suspirando, el hombre mete una mano dentro de su pantalón, ajusta y acomoda la verga hacia abajo, disimulándola, y vuelve a su trabajo, no sin antes lanzarle otra mirada al rubio y joven culturista, como prometiéndole cosas sucias y sabrosas si llegaba a pillarle a solas.
-Bien, muchacho… -dice Leo poniéndose de pie, también su verga medio morcillona.- Ahora vamos a añadirle un poco de peso a las barras. –toma unas persas de45 libras, deslizándolas en los extremos de la barra, colocándose directamente detrás del culturista, presionadse contra su espalda y culo, rodeándole el musculoso y fornido tórax con sus hercúleos brazos negros.– Vamos a comenzar tus ejercicios de esta noche, bebé… -le susurra con cálido aliento en una oreja.- Mantén la espalda recta y empuja con tu culo hacia atrás.
Mareado, jadeando y sintiéndose arder, Bobby realiza la primera, bajando de cuclillas, sintiendo como sus nalgas se abren y presionan con fuerza contra el regazo de Leo, su enorme y duro tolete metiéndose entre sus nalgas, atrapándole y frotándole con ellas. Cada vez que baja, empujando su culo hacia atrás, esa verga se sentía más y más dura y caliente, totalmente metida, verticalmente, entre sus nalgas. Y era una sensación embriagadora.
Sube y baja, se frota, el culo le titila salvajemente, no puede engañarse. Se estaba despertando el hambre de su culo por vergas calientes y duras. Intenta pensar en otra cosa como no sea el fuerte cuerpo que le retiene, las manos grandes de dedos abiertos sobre sus pectorales, la barra palpitando entre sus nalgas. Intenta no imaginar su culo lleno de güevo, siendo jodido con fuerza, sufriendo uno de esos misteriosos orgasmos, siendo llenado de esperma caliente, espesa y olorosa; oh Dios, el olor del semen de otro hombre era… No, debe controlarse, él no era ninguna puta deseosa de machos. Pero era difícil, y más ahora que Leo le acaricia con desvergüenza.
Cuando termina el primer set, jadeando y no por el esfuerzo físico, Bobby nota como Leo le suelta. Volviéndose, el joven le mira sonreír, echándose hacia atrás y caer sentado sobre el banco nuevamente, pero bajando la parte delantera de su pantaloncillo de deportes, la silueta de la titánica verga queda oculta bajo la camiseta. Pero viéndole allí sentado, la mano bajo la camiseta, sabe que empuña la verga y que la agita, sonriéndole como ofreciéndosela.
-¿La quieres, Bobby? –le pregunta ronco, en pleno gimnasio.- Creo que si, pequeña puta. Creo que eres realmente eso, una putita muy caliente. Ven, bebé, ven con papi por tu juguetito…
CONTINUARÁ... 13

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