-Bien, muchacho… -dice Leo poniéndose de pie, también su verga medio morcillona.- Ahora vamos a añadirle un poco de peso a las barras. –toma unas persas de45 libras, deslizándolas en los extremos de la barra, colocándose directamente detrás del culturista, presionadse contra su espalda y culo, rodeándole el musculoso y fornido tórax con sus hercúleos brazos negros.– Vamos a comenzar tus ejercicios de esta noche, bebé… -le susurra con cálido aliento en una oreja.- Mantén la espalda recta y empuja con tu culo hacia atrás.
Mareado, jadeando y sintiéndose arder, Bobby realiza la primera, bajando de cuclillas, sintiendo como sus nalgas se abren y presionan con fuerza contra el regazo de Leo, su enorme y duro tolete metiéndose entre sus nalgas, atrapándole y frotándole con ellas. Cada vez que baja, empujando su culo hacia atrás, esa verga se sentía más y más dura y caliente, totalmente metida, verticalmente, entre sus nalgas. Y era una sensación embriagadora.
Sube y baja, se frota, el culo le titila salvajemente, no puede engañarse. Se estaba despertando el hambre de su culo por vergas calientes y duras. Intenta pensar en otra cosa como no sea el fuerte cuerpo que le retiene, las manos grandes de dedos abiertos sobre sus pectorales, la barra palpitando entre sus nalgas. Intenta no imaginar su culo lleno de güevo, siendo jodido con fuerza, sufriendo uno de esos misteriosos orgasmos, siendo llenado de esperma caliente, espesa y olorosa; oh Dios, el olor del semen de otro hombre era… No, debe controlarse, él no era ninguna puta deseosa de machos. Pero era difícil, y más ahora que Leo le acaricia con desvergüenza.
Cuando termina el primer set, jadeando y no por el esfuerzo físico, Bobby nota como Leo le suelta. Volviéndose, el joven le mira sonreír, echándose hacia atrás y caer sentado sobre el banco nuevamente, pero bajando la parte delantera de su pantaloncillo de deportes, la silueta de la titánica verga queda oculta bajo la camiseta. Pero viéndole allí sentado, la mano bajo la camiseta, sabe que empuña la verga y que la agita, sonriéndole como ofreciéndosela.
-¿La quieres, Bobby? –le pregunta ronco, en pleno gimnasio.- Creo que si, pequeña puta. Creo que eres realmente eso, una putita muy caliente. Ven, bebé, ven con papi por tu juguetito…
Bobby, mareado, entiende que la quiere. Esa verga bien adentro en su culo, llenándolo. Pero tiene miedo. Por una parte a convertirse en un puto. Por el otro, a que alguien se de cuenta y todos hablen de él. Mira alrededor del gimnasio pero nadie parece estarle prestando atención. Puede ver a su suegro hablando con unos sujetos tan grandes como él, sus contemporáneos. El resto de los hombres estaban ocupados en sus rutinas.
-No te preocupes. –sonríe Leo, poniéndose de pie, el pantaloncillo elástico subiendo un poco, la gruesa cabezota de su verga dibujándose contra la camiseta como una invitación.- Nadie está mirando. ¿Listo para tu siguiente set? Te lo advierto, este será más duro… y caliente.
Al joven culturista las musculosas piernas le temblaron, pero no tanto como el botoncito redondo y afeitado de su culo. El hombre se coloca nuevamente a sus espaldas. Espalda recta, el muchacho dobla las rodillas y baja, acompañado por Leo. Y puede sentir como la gruesa cabeza de la verga se presiona con fuerza contra la entrada de su culo, lisa y suave, caliente y algo mojada. Se estremece todo. Mientras sube, frotándola, el muchacho mira hacia atrás y nota que el otro se levanta la camiseta. Y puede ver claramente su güevo duro y nervudo, lleno de sangre, sobresaliendo unos centímetros por encima de la parte superior de sus pantaloncillos.
Baja y la siente frotarse contra su entrada, cierra los ojos y contiene un jadeo mientras sube y la siente presionada con sus nalgas musculosas. Cuando baja otra vez, el culo le titila de ganas por la lisa cabeza, al subir casi grita. La verga está ahora casi toda fuera del pantaloncillo, verticalizada y atrapada contra sus nalgas, palpitando y quemando, soltando jugos espesos que le mojan. La sensación que aquella verga erecta de ganas, llenaba al muchacho de un deseo avasallador. ¡La quería!, no puede engañarse, quería ese güevote sólo para él.
Nuevamente baja y siente como la venosa cabeza se frota decididamente, abriéndole un centímetro, invadiéndole. Cuando sube, poniéndose de pie, ese medio centímetro de verga es exprimido y ordeñado por sus nalgas y ano. Era como si su culo estuviera halándola por cuenta propia. Leo, sonriendo, se pega más a él, recorriéndole el fornido torso con sus manos.
-Oh, si, musclegirl… -le susurra al oído.- Tu coño liso y afeitado está pidiendo a gritos que mi verga grande y negra lo llene, ¿verdad? Si, estás todo mojado, como la buena puta que eres. Y te lo daré, todo, Bobby; sé cuánto necesitas de los machos. He estado pensando en tu dulce culo caliente durante días. Nada me parece suficiente comparado con tu agujero de placer. He estado guardando la carga de leche de un par de días para ti, bebé. Para llenarte bien ese culo de esperma caliente. Aunque no tan caliente como estás tú. Imagino que es porque estás aquí, en mi gimnasio, a la vista de cualquiera, rodeado de todos esos enormes sementales, mientras esperas ser jodido como necesitas. Como debe ser. Como merece todo putillo sexy de culo alegre. Apuesto que te gustaría que todos esos hombres te miraran mientras eres sometido, cogido, alzado en peso con una buena verga negra en tu culo rubio, mientras gritas y te estremeces pidiendo más, todos ellos con sus güevos afuera, esperando todos para frotarse de ti y llenarte durante toda la noche la boca y el culo de vergas y de semen caliente. ¿Te gustaría, Bobby? ¿Deseas ser la puta de todos, muchacho? ¿Qué todos esos hombres enloquezcan por ti, deseando tocarte, mojarte de semen y cogerte con fuerza? Yo si puedo imaginarte, en suspensorio, caliente y enrojecido, en cuatro patas en medio del salón, gimiendo por hombres, y todos rodeándote, y tú suplicando por vergas…
Mientras dice eso, Bobby jadea, su culo apretando imposiblemente duro sobre el medio centímetro de güevo, mirando alrededor, casi temiendo y esperando que todos estuvieran escuchando y viéndole. Nadie nota nada, y no sabe si sentirse feliz o frustrado.
-Muy bien, muchacho… -gruñe Leo junto a su oído.- Es hora de un tercer set. Quiero una ronda de duras sentadillas. Quiero que cierres realmente el anillo de tu musculoso culo sobre la base de mi verga. Que me la atrapes toda, como sé que puedes y deseas. –y mientras lo dice empuja su tranca en lo más profundo del rubio culturista, lentamente, pero con fuerza, haciéndole gemir, boquear y medio caer contra él.- Hazlo bien, muchacho, y pronto estaré regando con leche fresca y caliente tu dulce coño afeitado. Es lo que quieres, ¿verdad? Ahora, baja con cuidado, lentamente, apretando cada centímetro. Quiero que me lo aprietes bien con tu dulce coño color de rosa.
Lentamente el muchacho baja, mientras a sus espaldas, imitando el movimiento, Leo entierra a conciencia cada palmo de su gruesa y enorme verga, asegurándose de que el muchacho la sienta bien metida en sus entrañas; bien sabe el hombre que muchos chicos que comenzaban a descubrir qué tan putas eran, disfrutaban hasta el delirio de ello. Y sabe que Bobby lo estaba disfrutando, aunque él mismo no lo reconociera. Subiendo y apretándosela, Bobby entiende realmente que tan grande es, y jadea de excitación al sentirla palpitar dentro de su culo, mientras la exprime de manera salvaje, halándola y chupándola a un tiempo.
-A la mierda, Bobby… -jadea ronco contra la nuca del muchacho.- El apretón de tu culo va a lograr que me corra como un quinceañero que no puede controlarse. Joder… tu culo se siente tan bien sobre mi verga… -jadea desmayado.- Esto sí que es un buen culo de perra. Tómala, tómala toda, nena; apriétala hasta que sientan mi leche regándose en tus entrañas. –gruñe mientras mete sus manos bajo la franelilla del culturista, atrapando sus tetillas erectas, pellizcándolas, haciéndole gemir de lujuria.
Bobby tiene que apretar los labios para no gemir como una puta, sintiendo como esa tranca se dilataba aún más dentro de su culo, mientras subía y bajaba, enculándose con ganas de ella. Es lo único que puede hacer para evitar chillar pidiendo que se la meta más duro, que lo coja con fuerza, ahí, en medio de ese gimnasio. Se arrodilla y endereza con fuerza y rapidez, deseando más de esas enculadas. Rojo de cara y respirando pesadamente, el joven culturista recorre el lugar nuevamente con la mirada para asegurarse de que nadie miraba lo que ocurría, que estaba subiendo y bajando su ávido culo sobre la gruesa y dura tranca de Leo, esperando que terminara llenándoselo de esperma caliente. Nadie parecía notarlo y un jadeo de alivio escapa de sus labios, aunque ha hecho realmente muy poco, el esfuerzo mental era más bien agotador.
Pero si aquello era una locura, lo que hacía para cubrir las nuevas urgencias de su recto que palpitaba deseando más, Leo no parecía estar mucho mejor. Rodeándole el abdomen con las manos, el hombre se echa hacia atrás, cayendo sentado en el banco… arrastrándolo con él. Y quedó allí, con los ojos muy abiertos, las mejillas rojas, jadeando por la boca entreabierta, con Leo a sus espaldas, sentado sobre sus piernas, totalmente empalado por la gruesa barra de joder de ese hombre enorme. Era como si tomaran un descanso, pero la verdad era que la dura verga estaba bien metida en sus entrañas, que continuaban halándola y apretándola con deseo.
-Oh, Dios, si… Eres tan puta, Bobby. Tan caliente y zorra… ¡Hummm!
Esas palabras excitan de manera extraña al muchacho. Le gusta saber que se le consideraba un chico caliente; le satisface saber que tiene a ese hombre grande y hermoso totalmente enloquecido con su culo ardiente, porque si, lo tenía bien caliente y necesitado de esa barra que ahora le frota cuando sube y baja levemente sus caderas sobre el regazo de Leo.
Aunque extraviado de placer cuando baja enterrándosela nuevamente, a Bobby le alcanza la cordura para ver a su suegro, quien le tiene clavada la vista desde el otro lado del salón, desde donde comienza a caminar hacia ellos acompañado por el hombre con quien lleva rato hablando. El muchacho jadea, deteniéndose de miedo, pero sabiendo que su culo, con vida propia, continúa amasando y chupando de ese tolete, deseando su néctar para correrse en un orgasmo también.
-Yerno, ¿está ejercitándose bastante? –Ben le pregunta deteniéndose junto a ellos.
-Así es, estamos tomando un descanso. Bobby es capaz de agotar a cualquiera, como ya sabes. –responde Leo con una pequeña carcajada, disfrutando del intenso enrojecer del muchacho.
-Bobby, este es Tom. Su hijo también practica culturismo y parece que ha competido contigo en algunas exhibiciones.
El muchacho asiente con la cabeza, notando, ruborizado intensamente, como a la mirada de Tom no escapa que está sobre el regazo de Leo. El hombre, al igual que muchos amigos y conocidos de su suegro, era un sujeto grande y fornido, pecho ancho, pectorales poderosos, cabello corto casi al rape, forrado de músculos. Y, adivinando, Bobby está seguro de que en algún momento también practicó culturismo siendo más joven. Tom, acercándose, le estrecha la mano, mirando con intensión el regazo del hombre negro.
-Un placer, Bobby. Mi hijo Frank siempre ha deseado tener unas piernas como las tuyas. Tal vez puedan reunirse y ejercitar juntos, ¿no? Estoy seguro de que a Frank le encantaría.
-Suena bien, ¿no es así, yerno? –responde ben. El joven no puede contestar porque se muerde los labios cuando Leo aprovecha ese momento para empujar un tanto su verga, dándole duro en la próstata.- Veo que sigues ejercitándote. –sonríe cruel, mirando luego a Tom.- Está trabajando sus glúteos. Para endurecerlos más. A Bobby le encantan bien duros.
-Así es. –sonríe Leo.- Y mira que son duros. Deben sentirlos. –ofrece, empujándole hacia adelante un poco.
El muchacho enrojece terriblemente, sabiendo que en cualquier momento cualquiera vería la negra y gruesa barra bien clavada en su culo redondo y afeitado. Puede sentir en cada nervio de su cuerpo como unos ochos centímetros de dura verga se deslizan fuera de su agujero, quedando el resto bien metida, atrapada por su esfínter que no desea que salga. El joven está mareado, de miedo y deseo. Toda la situación era ridícula y humillante, su suegro y su entrenador lo sabían ensartado en una verga, y aun así llamaban la atención del tal Tom al respecto. Pero por otro lado… Bobby desea que esa verga le cepille una y otra vez la pepa de su culo, con fuerza, haciéndole gemir, gritar y estremecerse, que le dé duro hasta que su culo, más que su propio miembro, estalle en uno de esos desconocidos, intensos y bien mojados orgasmos.
-Ya lo sé, pero siempre es un placer comprobar el adelanto de mi yerno. –comenta sardónico Ben, rodeándoles, notando el roto shorts y la negra verga semi clavada dentro del redondo orificio que lo traga.
Era tan humillante, piensa el joven, bajando la mirada, pero la eleva y jadea cuando siente una mano de Ben acariciándole las nalgas redondas y duras, esos dedos bajando a su raja, un dedo recorriendo los hinchados labios de su culo, luchando por meterse. Bobby tiene que afincarse para no saltar.
-Tom… -gruñe Ben, la vista clavada en Bobby, quien con las mejillas rojas y la boca abierta, le mira asustado.- Tienes que venir aquí y sentirlo por ti mismo… -ofrece.- Tienes que ver las cosas que hace mi querido yerno.
Allí, ¡en pleno gimnasio!
CONTINUARÁ... 14

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