-Alice, no; por favor, no hagas esto. –suplica.- Amor… -intenta tocarla y ella con rabia se revuelve, alejándose, gritando a pesar de la gente que sube.
-¡No me toques con esas manos con las que tocabas las vergas de otros! –acusa; a sus espaldas, y a pesar de que los oídos de zumban de angustia, Bobby puede oír los cuchicheos y se vuelve como para decirles que se larguen, que allí no hay nada que ver. Es cuando Alice grita.- Mírate, tienes el pantalón mojado. El culo te babea leche, ¡la leche que esos hombres dispararon dentro de tu culo de marica!
-Alice, no… -Becky intenta calmarla.
-¡Es un marica! –insiste Alice, mirándola, como si no pudiera encontrar nada más que decirle. O no pudiendo procesar todo lo que ocurre. Su marido, el marido al que ama, es un marica cuyo culo está chorreando leche.
-Joder, amigo, ¿no sabes que hay que quitarse la leche una vez terminan de darte? –comenta jocoso un tipo al pie de las escaleras.
-¡Ay!, ¿experiencia? –replica otro y hay carcajadas, mientras Bobby horrorizado mira a Alice, con la mente en blanco.
-Alice…
-Esto vas a lamentarlo, hijo de puta. –terminan gritando con un enorme puchero, lanzándole leves manotones, embargada de furia, hasta que le empuja haciéndole retroceder a pesar del tamaño, casi corriendo entre las personas en las escaleras, algunos de los cuales le piden que se calme, que no es la primera que se casa con un tío que se derrite por otros hombres.
-Buena la has hecho, ¡mírala! –acusa Becky.- Su papá y su hermano van a joderte bien jodido. –y sale tras la amiga.
Tragando, sintiéndose infinitamente miserable, Bobby baja la mirada, diciéndose para sus adentros que así fue que comenzó todo. Cuando el suegro y el cuñado le jodieron. A duras penas contiene el llanto mientras la gente comenta, ríe, le aconseja qué hacer para no ser pillado otra vez por su mujer, otro comenta que menos mal no le encontró ensartado o la sangre llega al río. Todos hablan hasta que Bull grita que dejen dormir. Cerrando los ojos, caminando muy rígido, oloroso y manchado de esperma, Bobby, el pobre chico que gusta de las vergas, cruza entre esas personas preguntándose qué hará ahora.
Mierda, lo había perdido todo. Su matrimonio, su mujer. La casa. ahora estaba en la calle… con el culo adolorido y manchado de esperma. ¿Qué sería de su vida?
Cabizbajo abandona la casa a toda prisa, tan sólo para encontrar que Alice se llevó el coche. Mierda, se siente tan mal que quiere llorar. Lo había perdido todo. Moviéndose lentamente se encamina hacia la casa del suegro, dudando si llegarse o no. ¿Le dejarían explicarse? ¿Le permitirían acaso entrar? Tenía sus llaves, pero… Tomando aire se decide, tenía que llegarse, dar la cara… Y cambiarse de ropas, poner algo en una maleta y tal vez salir.
Le lleva casi cuarenta minutos llegarse, no quiso tomar un taxi. Aunque se había frotado bastante el rostro, sabía que apestaba a semen. Su culo se sentía prensado por la esperma fría y seca. Frente a la vivienda duda con el corazón martillándole feamente en el pecho. Casi pega un bote cuando el teléfono repica en su bolsillo. Mira el identificado. Joder, Ben, su suegro. Tomando aire conecta pero no tiene tiempo de hablar.
-¡¿Dónde coño andas?! Alice llegó hace casi una hora hecha un mar de lágrimas. Ven aquí y encara tus actos. –le ruge, cortando la llamada.
Con el corazón en un puño, el muchacho parpadea intentando controlar el llanto. El suegro estaba furioso y querría, seguramente, que dejara la casa. Le echaban. Se estremece feamente imaginándose al hombre llamando a su familia, a sus padres, contándole por qué fue que el matrimonio fracasó. Porque era un marica que no puede resistirse a la idea de una verga clavada en su culo vicioso. Está bien, fueron el suegro y su cuñado los primeros e iniciarle, pero seguramente fue su culpa. Seguramente andaba enviado señales de perra en celo y esos hombres no pudieron aguantar. ¡Estaba tan jodido!
Decidiéndose abre la puerta, deteniéndose a escuchar; una conversación baja viene de la cocina, donde el inconfundible sonido de chapas de cervezas cayendo, le alertan. Lo mejor era que subiera las escaleras, recogiera algunas cosas y bajara, así si el suegro y Tony le gritaban y lanzaban a la calle, ya tendría lo necesario a mano.
-Bobby, ¿eres tú? –le oye gritar desde la cocina.
-Si… yo…
-¡Ven acá!
-En un momento, yo necesito… Vuelvo en un segundo. -sube a la carrera a su dormitorio.
Abre la puerta y el corazón se le cae a los pies, clóset y gavetas indican que alguien ya ha estado recogiendo. Mierda, seguro que Alice agarró hasta la última de sus trusas y las embolsó. O las arrojó a la basura.
-Te llamé. –gruñe Ben, ceñudo, entrando en el dormitorio, todo cabreado, masculino e intimidante.- Mierda, muchacho, hueles a semen pero arrechamente… Alice tenía razón; te encontró prácticamente repartiendo culo, ¿verdad, pequeña ramera?
-¡No! Yo… -Bobby se vuelve a encararle y casi jadea, su suegro no está solo, a sus espaldas están Tom, el culturista amigo del hombre (al que conoció en el gimnasio), y su hijo Frank.
-¿No, qué, Bobby? –grita.- ¿Acaso no tienes el culo lleno con las siete leches? Veamos, ¡bájate los pantalones! –ordena colérico.
Bobby no sabe qué hacer, enrojecido de vergüenza y mortificación delante de esos dos extraños al ser confrontado así por su suegro, quien le acusaba de haber sido casi pillado por Alice siendo enculado por dos hombres.
-Suegro. Yo no… -jadea.
-Bájate los pantalones. –gruñe entre dientes, lentamente, acercándosele, atrapándole los faldones de la prenda y abriéndolos de manera salvaje, casi desgarrando los botones, obligándole a dar media vuelta y halando de ellos hacia abajo a pesar de los jadeos del muchacho, pelándole las redondas nalgas a la vista de todos.- Quiero saber si lo que dice mi hija es cierto. Joder, ¡ni siquiera llevas ropa interior! Y eso que se nota brillante es leche seca.
-Bueno, Ben, el muchacho parece mortificado, dale un respiro. –interviene Tom.- Todos hemos cometido… aún pecadillo cuando éramos más jóvenes. Tal vez le dieron unas cervezas de más y las cosas no le parecieron tan serias. Bien sabe Dios que yo cometí locuras cuando estaba en la Infantería de Marina. Sabes cómo era eso.
Apesadumbrado, y agradecido, el joven culturista mira al hombre sobre un hombro, quien le sonríe tranquilizador. Tom era un hombre de postura impresionante, tal vez no tanto como la de un culturista profesional, pero llamaba la atención por su pecho recio, sus brazos nervudos y musculosos, así como por su cabello cortado casi al rape al estilo militar.
-Entiendo, pero… -Ben toma aire, sin soltarle.- ¿Te parece esto justo, Bobby? Te entrego a mi hija, te abro las puertas de mi casa y de mi familia ¿y así me pagas? ¿Llegando recién follado? Delante de Tom y su hijo. ¿Qué van a pensar? ¡Sobre todo Frank que ha competido contigo en las exhibiciones de culturismo!
De color remolacha por la mortificación, Bobby mira a Frank, quien tan sólo sonríe mientras recorre su cuerpo de arriba abajo (retenido aún por un recio brazo del suegro), deteniéndose sobre sus nalgas lampiñas, firmes y musculosas. Bobby le conocía únicamente de vista ya que nunca habían hablado. Con frecuencia habían terminado ambos en el escenario, aunque el rubio admitía que el otro estaba mejor constituido y por ello ganaba. Su enrome tamaño siempre le intimidó un poco, cosa que también le había ganado un buen montón de alocadas fans que se morían por su aspecto cincelado, cosa que había terminado por darle una actitud algo arrogante de “un hombre entre hombres”. Pero ahora, viéndole descaradamente el culo, el joven culturista puede adivinar un buen bulto de interés entre sus pantalones. Aparentemente a Frank le gustaba lo que veía.
-Déjalo, Ben. –insiste Tom, mirando también esas nalgas redondas.
-Mírate, sin calzoncillos, el pantalón manchado de leche. –levanta la otra mano y hunde un dedo en su culo, penetrándole fácilmente y haciéndole gemir.- Todo abierto. Ay, muchacho, ¿qué voy a hacer contigo? –pregunta retórico mientras saca y mete el dedo.- Vamos, quítese ese pantalón manchado.
Aturdido, y mucho, Bobby lo hacen, deshaciéndose del jeans y buscando otros, pero Ben le atrapa la mano.
-No pensarás vestirte sin ducharte, ¿verdad? Y eso va a tener que esperar, quiero hablar contigo, sobre Alice. Ponte esto. –abre una gaveta de donde saca una pequeña roja trusa de exhibiciones.- Vamos a la sala.
-Pero suegro…
-Vamos. Tenemos que hablar. De lo que hizo, de lo que Alice ha resuelto y de lo que tendrá que hacer al respecto. –y sin más le monta una de sus callosas manos sobre una nalga semi cubierta, apretando posesivo, empujándole y sacándole del dormitorio rumbo a la sala.
-Suegro, yo…
-Mira, muchacho, entiendo. Mi hija se casó contigo creyendo que eras todo un hombre y resultaste un culo caliente que delira por los güevos. Esas cosas pasan. Pero mi hija estaba muy afectada. Tanto que no se quedó porque le dije que no podía arrojarte a la calle con lo que llevabas puesto, manchado y oloroso a semen. ¿Cómo ibas a llegar así a casa de tus padres? Qué se habrían enterado de todo. Mi hija está con esa amiga que me agrada tan poco, Becky; no puede ver a Tony porque prácticamente se saca las tetas de la blusa. Creo que es de las peligrosas, no quieren un polvo sino un marido. En fin, Alice estaba furiosa, fue cuando recordé ese curso de cocina que quería hacer en Francia y aquí mi amigo Tom, que estaba cuando llegó hecha un mar de lágrimas, me socorrió cubriendo los gastos del viaje y el alojamiento mientras ella se establece.
-¿Qué? ¿Francia? ¿Alice se va y me deja?
-¿Querías que se quedara armándote un escandalo a cada rato o pensabas que iban a dormir en la misma cama hablando de los hombres que les gustan? –es rudo mientras abre los brazos.- El caso es que no tengo dinero a mano para pagarle a Tom. Y no debo hacerlo. Alice es tu mujer y tú la jodiste cuando te dejaste agarrar bañado en esperma.
-Pero yo no tengo ni un centavo. –jadea.
-Puedes trabajar. Modelando. –acota Tom.- Tengo amigos que manejan agencias, o que conocen a dueños de agencias. No será difícil con tu cuerpo. –lo recorre.- Nunca te he visto en el escenario pero…
-No, descuida. El yerno tiene lo que hace falta para triunfar en el modelaje. –acota Ben, volviéndose luego hacia el yerno.- Vamos, muchacho, camiseta y zapatos fuera. Posa.
Aturdido por todas las noticias (Alice le deja, se va lejos, tiene que trabajar para pagar su viaje), Bobby sube los faldones de la corta camiseta y se la quita dejando al descubierto su torso musculoso y recio, destacando aún más la pequeña trusa sobre su enrome cuerpo. Los zapatos salen también y sintiéndose un tanto tonto en medio de esa sala vistiendo la breve prenda, la misma noche que su mujer la deja, comienza una rutina de poses. Casi puede sentir, excitándose un poco, las miradas de esos hombres sobre sus bíceps, pectorales, muslos y espalda. Pero especialmente sobre su culo de nalgas erguidas, alzadas y redondas, donde la tela de la trusa desaparecía casi toda, presionando contra su entrada cuando flexiona las piernas. Y no quiere pensar en lo grato que es eso, la suave presión contra su capullo.
-Parece tener todo lo apropiado para modelar. –grazna Tom antes de volverse a su hijo.- Frank, ¿por qué no posas junto a Bobby para nosotros? Creo que está tan bien constituido como tú.
El rubio culturista se extraña, aunque ya su vena de profesional se despierta, imaginando lo bueno que será practicar y mostrarle a esos sujetos que se había tomado muy en serio sus prácticas.
-No llevo ropa interior, papá. –se queja Frank.
-No hay problema… -sonríe Ben, tendiéndose hacia adelante y atrapando los tirantes de la trusa del yerno, rasgándolas y despojándole de ella.
-¡Hey! –se alarma y enrojece, totalmente desnudo ahora frente a esos sujetos que le miran con toda maldad.
CONTINUARÁ... 24

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