-¿Ponerme una falda? –Bobby parece alarmado por la idea, pero ríe de manera intoxicada.- Ella no me lo pediría.
-¿Y si te lo pedimos nosotros? –Kent le mira fijamente, tendiéndole el atuendo de porrista.
-Oye, no lo sé…
-Vamos, amigo. Anímate y lograrás que todos riamos un buen rato. Ya sabes, cosa entre panas. Anda… sólo un minuto. –Kent insiste.
Bobby duda, pero mareado como está, reconociendo lo amable que era el otro, quiere creer que no hay nada malo con la broma, que no puede hacerle daño. Levantándose del regazo de Bull, toma la faldita, metiéndose en ella y subiéndola sobre sus pantalones.
-Amigo, no, eso es trampa. –acusa Bull.- Tienes que salir primero de los pantalones para que se pueda apreciar el efecto del conjunto. No tienes que preocuparte de nada, aquí sólo hay chicos.
-Si, vamos, hombre. –interviene Kent, alzándole la faldita y desabotonando su jeans, halándolos con dificultad muslos abajo, dejándole rojo de cara y con la pequeña trusa azul eléctrica que difícilmente no sería tomada por una tanga elástica, la cual sería indecente aún en una exhibición de exhibicionistas. –Así está mejor. -gruñe con voz ronca, los ojos clavados en la pequeña prenda.
-Joder, ¡qué culo! –gruñe Bull a sus espaldas, y cuando Bobby se vuelve a mirarle le sorprende admirándole trasero, levantando con una mano un tanto la faldita, los ojos clavados en sus glúteos redondos y firmes apenas cubierto por la tanga, mientras su otra mano baja a su entrepiernas, tocándose, apartando un tanto más la sábana y exponiendo unos siete u ocho centímetros de su verga monumental surcada de venas.
A esas alturas, con Kent obligándole a dar dos pasos adelante, Bobby termina sin pantalones, en camiseta y con falda, con la pequeña trusa debajo. La falda era demasiado corta aunque intenta acomodarla. Si por delante queda justo por debajo de sus bolas, muy arriba en sus muslos recios, por detrás se acampana sobre sus nalgas alzadas, terminándose antes de cubrir, dejando a la vista de los dos jóvenes unos cuantos centímetros de la azulada trusa tipo tanga.
-A la mierda, Bobby, qué vista. –ríe Kent entre dientes.- Te ves impresionante. Tu enorme musculatura de culturista apenas queda cubierta. –y ríe mientras el otro se sonroja.- Con un hilo dental causarías furor en la fiesta.
-Amigo… -gruñe Bull, pero sin risa, presionando bajo la sábana su enorme y ya duro miembro que todavía no se dejaba ver del todo.- Ven aquí… quiero ver lo que tiernas para tu amigo Bull. Porque quieres enseñárselo a Bull, ¿verdad?
Prácticamente sin saber por qué lo hace, Bobby se le acerca, casi jadea cuando las enormes manos caen sobre sus caderas obligándole a dar la vuelta, dejando su trasero casi sobre el rostro de Bull. Excitado y curioso echa la cabeza hacia atrás, para ver qué hace, cosa que obliga a sus nalgas a sobresalir. Devolviéndole la mirada, Bull sonríe, quitándose de una vez la sábana que le cubre, la enorme, gruesa, nervuda y rojiza verga se deja ver en toda su gloria, dura como ella sola, saltando y golpeándole en el abdomen. El joven rubio casi no puede creer lo que ve, era un miembro titánico que bien podía competir con el de Leo. Kent comienza a reír.
-Si, Bobby, es por eso que le dicen Toro. Trece pulgadas de puro Bull, ¿verdad?
-Así es. –responde el otro, agarrando su verga y echándola hacia abajo, soltándola y siendo golpeado nuevamente por ella sobre su abdomen dividido en seis paquetes de músculos.
Bobby se muerde el labio inferior, fascinado por esa enorme tranca, sintiendo como ese conocido calor estallar dentro de su culo, mojándosele de ganas; casi la imagina ya dentro de él. Y mientras lo piensa, inconscientemente echa un poco más su trasero hacia atrás.
-Mierda, son tan redondas y firmes… -gruñe Bull, levantándole nuevamente la parte trasera de la falda con una mano, recorriendo sus nalgas sobre la trusa con la otra.- Quítate las pantaletas e inclínate hacia Kent, nena… Quiero darle una buena mirada a ese coño hambriento y hermoso del que todos los chicos han estado hablando tan emocionados.
Tembloroso, Bobby duda, aunque el aliento de Bull sobre su trasero le marea casi tanto como las manos rudas que recorren sus nalgas, clavando los pulgares sobre las tiritas de las caderas, bajando lentamente la prenda. La falda cae y cubre, pero no por mucho. Extraviado, el culturista sube las piernas y es despojado de la trusa, Bull se la arroja a Kent, quien sonriente se la mete en un bolsillo del pantalón. Ahora, desnudo bajo la falda y rojo de mejillas, Bobby abre las piernas y dobla la cintura, exponiendo sus nalgas blancas doradas, lisas y lampiñas. Gime cuando el otro arroja la faldita sobre su espalda y las enormes manos, cálidas y masculinas, caen sobre sus nalgas, separándolas, exponiendo su culo redondo, rojo y afeitado, el cual titila con ansiedad.
-¡Oh, mierda! –silba el hombre a sus espaldas.- Mira que hermoso coño, tan estrecho y rosa. He visto un montón de coños afeitados, ya los reconozco, y el de este amigo es el de una puta realmente caliente. –y Bobby gime cuando uno de los pulgares del hombre empuja contra su agujero de manera circular, abriéndole y alisándole los pliegues pero sin entrar del todo, tan sólo amasando, incapaz de saber (Bobby espera que nadie lo sepa nunca), que su culo arde de ganas por ser tomado.
-¿No te lo dije, tío? –Kent ríe.- Aquí tenemos a un musculoso culturista con un culo alegre de primera. –informa mientras llega al lado de Bull, alzando una mano y monta otro pulgar en esa entrada que titila salvajemente bajo el roce de las caricias masculinas.
El rubio cierra los ojos, luchando contra el deseo de agitar el culo, pero no puede evitarlo, esos dedos frotando, alisando y medio abriendo su entrada le tienen totalmente calenturiento.
-Mírala… pero qué puta tan caliente. –ríe Bull, excitado.- Sube a la cama, Bobby, y muéstranos tu dulce coño bien abierto, quiero ver si saliva de hambre. Si lo haces bien, Kent y yo vamos a darle de comer, te lo juro. –le promete burlón, pero las palabras y el tono provocan ecos en cada centímetro de piel del rubio, mientras su culo palpita de manera aún más intensa.
……
Pero ¿dónde coño…?, se pregunta Alice inquieta, recorriendo el salón con la mirada buscando a su marido, se había descuidado un segundo y su culturista grande y sexy se le había escapado. Oprime los labios, intentando recordar si todas las mujeres presentes cuando llegaron aún continúan ahí. Le parece que falta una joven negra de culo y tetas enormes.
-¿A dónde vas? –le pregunta Becky cuando la ve marchar a las escaleras.
-Yo… -toma aire.- No sé dónde está Bobby. Y creo que falta una tipa de culo grande. Sabes cómo son los hombres con los culos grandes.
-¡Mierda! Se vuelven como locos por un culo de esos. –se muerde los labios, mirando hacia las escaleras.- En estas fiestas la gente siempre sube y pasa su rato, ¿crees que tu marido…?
No, no lo sabe. Alice duda. Bobby siempre era discreto y atento, no era particularmente arrojado sobre las mujeres. De hecho le había costado bastante enamorarle, pero… Mira las escaleras. ¿Y si estaba allí con alguna tía, riéndose de ella?
Ah, no, ¡eso no!
……
Bobby, vacilante, sube a la cama, volviendo la mirada hacia Kent que le sonríe animándole. Estremeciéndose de expectación se pone en cuatro patas sobre manos y rodillas, sus redondas nalgas sobresaliendo, el ojete de su culo apenas cubierto por la pequeña falda. Llegando al lado de la cama, Kent atrapa sus nalgas con las manos, abriéndolas. El rubio culturista contiene la respiración cuando los pulgares juegan nuevamente con los pliegues de su culo, alisándolos. Tener a un hombre grande y musculoso haciéndole eso a su culo, le ponía mal. Pero cuando casi cae de panza, abriendo mucho los ojos es al sentir la boca de Kent caer sobre su culo, lengüeteándole, cubriéndolo con los labios y comenzando a chupar.
-¡Bonito! –grazna Bull.- ¿Te gusta que te coman el coño, nena grande? De todas las chicas que hay en la fiesta, Kent se moría por probar el tuyo.
El joven culturista no puede responder, no cuando esa lengua móvil y húmeda repta culo adentro, aún así se vuelve mirando sobre un hombro y descubre a Bull, sonriéndole y acariciando su monstruosa verga. Del ojete de su enorme glande mana una buena cantidad de claros líquidos pres seminales. Los dedos de Kent se clavan más sobre sus nalgas, rudo, la lengua se abre camino cuando el tembloroso culo se abre, y el muchacho no puede contener los jadeos de placer ni el mover su culo de arriba abajo sobre el varonil rostro. Lo necesitaba, su culo necesitaba ser penetrado ya, urgido como estaba de esa extraña lujuria que piensa su suegro despertó sin querer.
Su urgencia parece no pasar desapercibida, pronto siente como el colchón se hunde a sus espaldas al subir Kent, y oye la cremallera de su pantalón bajar. Tiene que cerrar los ojos, ardiendo, cuando las enormes y callosas manos del futbolista recorren sus nalgas y espalda, acariciándole, levantándole la camiseta sin mangas hasta el cuello. Bobby traga y tiembla con un deseo profundo que intenta controlar cuando siente la lisa, tibia y esponjosa cabeza de la verga frotarse de su entrada palpitante. Tan sólo la deja allí y el esfínter del culturista, abriéndose y cerrándose, parece querer atraparla.
-¡Mierda! –gruñe Kent.- Mira como tiemblan los hinchados labios de su coño. No está moviéndose y ya está chupando la cabeza de mi tolete. ¡Es tan puta! –ríe ronco.- ¿Estás listo para tomar le enorme verga de un mariscal de campo, nena? –y provocándole, empuja y retira sin meterla.
-Si, por favor… -se queja Bobby, mirándole suplicante sobre un hombro, todo transpirado y rojo de cara.- Por favor, folla mi coño… -pide, sin vergüenza o recatos, ese calor en sus entrañas esta quemándole totalmente. Grita agónicamente feliz cuando Kent empuja su verga, el enrome glande abriéndole el agujero.
Kent sonríe, admirado, notando como la musculatura del rubio se estremece toda, tenso de lujuria mientras el culo aprieta y hala salvajemente sobre la cabeza de su verga clavada. La deja así, un rato, disfrutando de esos halones deliciosos que estimulan su tranca. Había algo realmente mágico en tener a otro sujeto así, abierto de piernas, en cuatro patas, su culo parcialmente lleno por tu tolete, piensa el joven. Luego comienza a deslizarla, centímetro a centímetro de gruesa y venosa tranca, hasta que los pelos y bolas se pegan del culo del muchacho, el cual arquera la espalda y deja escapar un maullido de placer.
Asentando manos y rodillas sobre la cama, Bobby se prepara para ser jodido con fuerza, cabalgado como una yegua, por lo que queda totalmente sorprendido cuando Kent hace justamente todo lo contrario. El fornido atleta la clava lentamente, tomándose su tiempo, permitiéndole al rubio sentir cada centímetro de las paredes venosas en su culo mientras le empalaba dentro y afuera, rozándole ese punto que le marea instantáneamente. La sensación era increíble, tanto que su recto se tensa atrapándole fieramente.
-Joder, Bobby, si que sabes como ordeñar una verga hasta sacarle la leche con este coño. Se siente tan caliente y exigente, aunque no es de extrañar teniendo ese cuerpo musculoso. –apunta Kent, después de unos minutos se detiene, quedándose clavado en sus entrañas.- Ahora, niño grande, tómala. Dame una buena mamada con tu coño.
Las palabras eran tan degradantes como excitantes, pero el rubio no puede pensar en nada de eso, tan sólo quiere el roce de esa verga enorme dentro de su culo, así que echa las nalgas de adelante atrás, voluptuoso, entregado, emputecido, ofreciéndole una verdadera vista de lujuria al deportista que mira sonreído esas nalgas lampiñas ir y venir, casi sacándose la verga del culo para luego enterrársela cayendo sobre su pubis. Sube y baja, empalándose, y comienza a gemir nuevamente; la verga, mientras entra, abriéndole, le roza ese clítoris así como golpea su próstata, llenándole de tales ganas que teme caer enfermo de puro deseo. En un momento dado cierra los ojos y respira por la boca, apretando más. Dios, sí, quiere eso, quiere güevos así, enormes, duros, llenos de sangre y calor abriéndole bien el culo.
-Que puta. –gruñe Bull.
Bobby abre los ojos y mira al otro hombre que mira fascinado y divertido el espectáculo que ofrece el joven y rubio culturista de 250 libras de puro músculo, mostrando su culo afeitado que es abierto por una gruesa pieza venosa mientras tiene una faldita sobre su espalda. Por la mente del muchacho cruza una idea que casi le hace correrse, por verga y culo, ¿qué pensaría la gente que le ha visto en las exhibiciones de físico culturismo si le vieran ahora convertido en una musculosa perra que gusta de ordeñar vergas con su culo? La sola idea le excita de una manera oscura; cierra nuevamente los ojos e imagina que está en uno de esos escenarios, en cuatro patas y que Kent le cabalga mientras jueces, competidores y público en general les miran, vitorean y aúpan. Semejante imagen tiene el poder de hacerle trabajar con mayor ahínco sobre la verga del macho que lo llenaba y complacía. Su redondo, rojo y liso agujero iba y venía, abriéndose, cubriéndolo, chupándolo y apretándolo. Era un culo que sabía cómo trabajar a los hombres, y mientras lo hacía lo disfrutaba de una manera total.
Y semejante atención tuvo su recompensa, la respiración de Kent se espesa, su verga se llena más, ardiendo como lava, dura como una tabla, estremeciéndose todo mientras le atrapa con fuerza las caderas, enterrándole los dedos, dejándosela bien metida.
-¡AHHH! ¡MIERDA, TIO! Si, tómala, perra. Toma toda mi esperma caliente con tu coño. –grita, alzando el tenso rostro, mientras su tolete vomita su carga ardiente de semen, llenándole las entrañas al rubio culturista, el cual todavía continúa ordeñándola con los espasmo de su recto.
El roce, la leche, las manos que le sostienen, la punta de la verga contra su próstata… Bobby gime y siente que su culo se moja todavía más, recorrido como es por el orgasmo alcanzado por allí.
……
-¿No escuchas unos gritos? –pregunta Alice, terminando de subir las escaleras. Becky, a su lado, sonríe.
-Creo que alguien está tirando.
Y Alice tiene un mal presentimiento, tomando aire y aferrando el pomo de la puerta, abre…
-¡Oh, por Dios! –grita la joven abriendo mucho los ojos.
CONTINUARÁ... 22

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